🌄🚶☕️🚶🍔🚶🍺🚶🌅 La rutina del camino (gracias Pablo por tu creatividad).
Salimos de Agés, pueblito de 30 habitantes, a las 5:30 de la mañana. Era noche cerrada. Enrique iluminaba el camino con su linterna, esa que supone en la frente y que te permite tener las manos libres. Estaba muy difícil encontrar una flecha amarilla que nos confirmara que estábamos en el camino correcto. La salida del pueblo era por carretera y muy pocas veces el Camino recorre distancias largas sobre calles. Caminamos como 20 minutos antes de notar que una potente linterna nos seguía de atrás y se iba acercando rápidamente. Nos imaginamos que sería Pablo el argentino, y ENrique empezó a gritarle cosas graciosas en español, cosas de esas que solo dos rioplatenses entenderían. Resultó que no era Pablo, sino Sam, que también estaba buscando el camino al Camino. Seguimos juntos. Disfrutando de caminar en total oscuridad y silencio. Como quien no quiere la cosa, hicimos más y más distancia. Antes del amanecer ya habíamos pasado por Atapuerca, pueblito que me hubiera interesado visitar por el valor arqueológico y antropológico que supone, pero que ni modo en la oscuridad. Habíamos salido sin desayunar, y el cafecito de la mañana es una de las rutinas y "tradiciones" más preciadas de estos días. Obviamente, los pueblitos por los que pasamos estaban todos dormidos y ni miras de un bar donde tomar un café con leche. Ya empezaba a amanecer cuando se vino la primer, única y gran subida del día. Hola a las piedras otra vez. Arriba, arriba, arriba, arriba hasta los 1.050 metros de altura, donde leímos el cartel que habla de la suerte de los peregrinos de encontrarse con una de las vistas más lindas del camino. Ja, buena broma.

Durante toda la subida llovió, sopló y hubo niebla cerrada. Tuvimos que sacar los cubremochilas y los ponchos, y mirar bien dónde pisábamos para no resbalarnos. Era una situación parecida a la que vivimos el primer día en los Pirineos.
Salimos de Agés, pueblito de 30 habitantes, a las 5:30 de la mañana. Era noche cerrada. Enrique iluminaba el camino con su linterna, esa que supone en la frente y que te permite tener las manos libres. Estaba muy difícil encontrar una flecha amarilla que nos confirmara que estábamos en el camino correcto. La salida del pueblo era por carretera y muy pocas veces el Camino recorre distancias largas sobre calles. Caminamos como 20 minutos antes de notar que una potente linterna nos seguía de atrás y se iba acercando rápidamente. Nos imaginamos que sería Pablo el argentino, y ENrique empezó a gritarle cosas graciosas en español, cosas de esas que solo dos rioplatenses entenderían. Resultó que no era Pablo, sino Sam, que también estaba buscando el camino al Camino. Seguimos juntos. Disfrutando de caminar en total oscuridad y silencio. Como quien no quiere la cosa, hicimos más y más distancia. Antes del amanecer ya habíamos pasado por Atapuerca, pueblito que me hubiera interesado visitar por el valor arqueológico y antropológico que supone, pero que ni modo en la oscuridad. Habíamos salido sin desayunar, y el cafecito de la mañana es una de las rutinas y "tradiciones" más preciadas de estos días. Obviamente, los pueblitos por los que pasamos estaban todos dormidos y ni miras de un bar donde tomar un café con leche. Ya empezaba a amanecer cuando se vino la primer, única y gran subida del día. Hola a las piedras otra vez. Arriba, arriba, arriba, arriba hasta los 1.050 metros de altura, donde leímos el cartel que habla de la suerte de los peregrinos de encontrarse con una de las vistas más lindas del camino. Ja, buena broma.
Durante toda la subida llovió, sopló y hubo niebla cerrada. Tuvimos que sacar los cubremochilas y los ponchos, y mirar bien dónde pisábamos para no resbalarnos. Era una situación parecida a la que vivimos el primer día en los Pirineos.
La bajada estuvo mejor. La niebla se disipó y pudimos disfrutar de paisajes verdes frescos, de ovejas que recién se despertaban, y de perfumes intensísimos de árboles floridos. Ya entrados en el valle descubrimos un parador que estaba abierto y entramos a desayunar. En menos de cinco minutos aparecieron María, Pablo, Marco, Peter, Helena, los brasileros, y el grupo de diez que habíamos compartido cuarto una vez más, estábamos juntos otra vez hablando de los planes del día. Habíamos caminado ya 9km.
No sé exactamente cuantos kms caminamos hoy hasta Burgos. Creo que fueron unos 26. La entrada a la ciudad fue larguísima pero elegimos un camino que recorría kilómetros de parque junto a un río y la caminata se hizo disfrutable (salvo que hoy los pies otra vez me estaban molestando intensamente). Como siempre, el resto del grupo iba muuuuuucho más adelante que nosotros. Quedamos en encontrarnos. A la entrada del albergue municipal, que abriría a las 12:00. Cuando llegamos, ya había una larga cola de mochilas en la puerta, y nuestros amigos estaban sentados en la calle esperándonos. Nos habían guardado el lugar. Sólo Marco llegó después que nosotros. Se había perdido y el camino se le hizo más largo.
Este albergue es enorme! De afuera, una pared de piedra y puertas altísimas de madera anuncian un edificio de siglos atrás. Sorpresa: la pared esconde un edificio ultramoderno. Seis pisos con ascensor, salas enormes con ventanas que permiten disfrutar de una hermosa vista, lavaderos, lavarropas, secadoras, duchas, todo lo que uno pueda necesitar para estar cómodo. El albergue está dirigido por voluntarios. Aquí hay 170 personas alojándose esta noche y, como siempre, me maravilla el hecho de que las únicas personas que están aquí somos los peregrinos, como dueños del lugar, compartiendo charlas, lavado de ropas, organización de cenas... Todo el mundo es responsable, amigable, bien dispuesto. Se escuchan muchos idiomas aquí, siendo los más comunes el italiano, francés, alemán (tannnnnntos alemanes) y portugués. Todavía no hay muchos españoles en el Camino, parece.
Está es la última noche que estaremos con Pablo y María. Ellos siguen su viaje hacia otros destinos y todos estamos tristes de perderlos. Son realmente dos chicos especiales que se han convertido en el alma de la "familia". Los vamos a extrañar. Mientras escribo, Enrique y uno de los brasileros fueron a comprar ingredientes para armar una picada de despedida. Vamos a cenar en uno de los salones comunitarios.
Quiero decirles que tuvimos un par de horas para caminar por Burgos y me encantó!!!! Es domingo y todo el mundo está en la calle. Hay ambiente de fiesta, músicos en la calle, niñas vestidas de comunión, señoras de negro con mantillas y peinetas en la cabeza, cafés antiguos con pastelería de morirse y música que invita a quedarse toda la tarde, librerías con todos los libros que me quiero comprar y poner en la mochila. La Catedral de Burgos....recontra wow! ...justo el albergue está a su lado. Hace frío y llueve de a ratos, pero me gustaría estar más tiempo aquí. Esta visita fue corta pero interrumpió nuestra rutina de las últimas dos semanas, por lo que todos estamos agradecidos.
Las consecuencias de esta larga caminata ya se empiezan a sentir. Todas las personas sufren de dolores, ya sea musculares, de rodillas o de ampollas. El estado físico de cada uno es el tema principal de conversación, van y vienen pastillas de ibuprofeno, compeed para las ampollas, vaselina para los pies. Algunos han tenido que abandonar ya, otros descansan un par de días para poder seguir. El Camino nos regala y nos cobra. Pero seguimos emocionados y agradecidos de vivir estos días tan especiales.





