martes, 28 de junio de 2016

Después del Camino: Barroselas, Viana do Castelo, Portugal

Barroselas es un pueblito de 3.500 habitantes al SE de Viana do Castelo, en Portugal. Lo elegimos por casualidad, buscando en internet un lugar-sede desde donde poder salir cada día a investigar un poco la zona. No sabíamos nada del lugar ni de sus alrededores. Nos dio curiosidad la oferta de una gran casa para nosotros solos en un país extranjero, por un precio más que accesible. Vamos a ver qué tal es, y si no es lo que esperamos, bueno, paciencia. 

Hace cinco días que estamos en esta casa en Barroselas y creo que no me quiero ir. He vuelto a tener sensaciones de infancia y primera adolescencia, de mi casa en Uspallata, de la vida sencilla, sana, perfumada, aireada, de casa de familia con historia. Cómo explicarles... 

La casa se anunciaba en internet como "la casa del pintor". Joao, nieto del "pintor", alquila la casa que fue de su abuelo, una gran villa rodeada de verde en el medio del pueblo. Para entrar a la casa con el auto hay que pasar un enorme portón de hierro verde. Un grueso muro separa la calle del jardín, y para entrar en la casa hay que subir una larga escalera de piedra. Les cuento que ya esa entrada al jardín fue desde el primer momento para mí como una entrada a mi pasado. Todas las plantas aquí son las mismas que en Montevideo, las que hace tantísimos años que no puedo disfrutar. Hay flores pajarito, hortensias, santa rita, jasmines y otras cuyo nombre ya no recuerdo, un gomero, un laurel de jardín grande y un níspero. El aire de aquí también me hace sentir en el pasado; cielo celeste, aire fresco y limpio, nada de la humedad pegajosa del verano en Mississippi. Uno puede abrir las ventanas y sentir la brisa perfumada circulando por los cuartos. Las puertas se golpean por el aire, igual que pasaba siempre en la casa de mi niñez.


Esta casa es una casa de otros tiempos: los muebles grandes, los aparadores en la sala con sus juegos de copas, cuidados juegos de platos antiguos; en el dormitorio, un gran ropero de tres cuerpos con un espejo enorme, una cómoda de aquellas que tenían nuestras abuelas, llenas de cajones profundos, un dressoir con su banquito para sentarse frente al espejo a ponerse linda. Las sábanas de la cama blanquísimas y bordadas, las almohadas igual...todo impecable.

El cuidado de los dueños de esta casa para que los inquilinos la pasen cómodamente nos sorprendió. Había de todo y todo estaba limpio, muy limpio. La cocina tenía un horno antiguo, de esos a los que se le agregaba la leña, y otro horno moderno había muchas ollas con tapas, de todos los tamaños, pesadas, lustradas, cuidadas, ollas de otros tiempos. El "pintor" (recuerden que la casa se ofrecía como "la casa del pintor") era el abuelo de João, y sí rincón favorito era seguramente u área de la casa que permaneció cerrada, no por privacidad, sino por mantener nuestra área más fresca. En esa gran sala, que era como un patio cerrado con ventanales hacia tres de los lados de la casa, estaban los libros, las pinturas, los caballetes y pinceles, las vistas de los cerros, el verde del paisaje que entraba por la ventana. Sin duda aquí era donde el abuelo se inspiraba para su obra.

Debajo de la casa está el garaje, enorme área multitud o en la que hay herramientas, lavarropa, cuerda para tender ropa, muebles viejos, juegos de loza viejos y ainda mais. Hay una puerta pequeña que da al fondo, por la que cada mañana entra sigilosamente un señor, el tío de João, que viene a trabajar e la quinta del fondo. Desde la cocina de la casa puedo abrir la alta puerta y acceder a ese fondo bajando por la escalera de piedra. Desde esa puerta veo las copas de los árboles de nísperos (y otros que no reconozco), y entre los árboles aparece  las hileras de vegetales cultivados. En mi ignorancia, no tengo idea de qué es lo que el señor ha plantado, sólo reconozco las cebollas. No necesito abrir la puerta para enterarme de que allí también hay gallinas y un gallo. Están todo el día co co co co. No hemos pisado el fondo ni conocido al tío porque sabemos que esa sí es un área privada, pero me hubiera gustado hablar con este señor para que me mostrarse todo el trabajo que hace. 

En estos días que estuvimos aquí fuimos varias veces a Viana do Castelo, que queda a unos quince minutos en auto por caminos sinuosos y estrechos y pueblos sin veredas por los cuales los autos circulan sin miedo a grandes velocidades. Viana de Castelo (88.000 h) es una ciudad preciosa con un centro medieval de calles angostísimas, con plazas rococó y con bulevares tipo siglo 19. Está sobre el estuario del río Lima, que desemboca en el Atlántico. Cerros rodean la ciudad, por lo que hay calles en todos los niveles y las vistas son hermosas. 



Que fácil nos ha resultado ahora subir y bajar estas calles en auto. No dejamos de comparar esta experiencia con las subidas y bajadas de hace unos días ene le Camino. A muy poca distancia del centro de la ciudad están las playas sobre el Atlántico, tan azules/verdes, amplias, limpias, de arenas bien blancas, solitarias. Visitamos una playa diferente cada día y caminamos por horas cruzando nos apenas con un puñado de personas. Las gaviotas, el olor a sal, la brisa, el cielo interminable: bienvenidos a mi paisaje y sitio ideal. Todavía estoy pensando en cómo llevarme todo esto conmigo a Oxford.








Esta casa y lugar nos han permitido recuperar fuerzas después del largo Camino. Leímos, miramos television, escribimos, conversamos con Martina y con Maia por FaceTime...de a poco nuestra cabeza va aterrizando, aunque todavía nos resistimos a pensar en practicidades de la vida que nos espera a la vuelta. 

sábado, 11 de junio de 2016

Día 23. Etapa Trabadelo- Alto do Poio, Galicia

Día 23. Etapa Trabadelo- Alto do Poio, Galicia

    Esta mañana, saliendo del pueblito de Trabadelo, el paisaje se ve cada vez más frondoso. Siempre caminamos entre montañas entrando y saliendo de pueblitos dormidos y prolijos. El aire está húmedo ahora, y todo el tiempo vamos al costado de algún río o arroyo de mucho caudal. Lo que antes eran amapolas que estaban todo el tiempo junto al camino, por días días y semanas, ahora es el sonido de agua que nos sigue, el verdor frondoso y los cantos de pájaros.  Vamos disfrutando los pocos kms de terreno plano antes de empezar a subir a O Cebreiro. Hay alegría en el ambiente, expectación por llegar a Galicia.

Vamos caminado sobre una carretera vecinal. Siempre que hacemos esto en grupo, el que va delante se encarga de gritar "coche" cada vez que ve uno viniendo de frente, y el que está detrás grita cuando ve que viene uno de atrás. Ahí todos empezamos a avisar en diferentes formas "auto", "carro", "coche" y en varios idiomas. Es casi cómico. Lo que pasa es que aquí los autos van a una velocidad increíble, no importa en qué tipo de zona o si están en carretera o calle de barrio, y jamás aminoran la marcha por ver gente caminando en la calle. Deben estar bastante más que hartos de ver peregrinos.

Ha bajado mucho la temperatura y a medida que vamos más al oeste, más baja. Está nublado y hoy la caminata es un placer. Entramos en Ruitelan a las 8:40 y 15 minutos más tarde ya estamos en el pueblito Las Herrerías, donde veo una gran camioneta de la que baja un montón de peregrinos. Son de los que toman taxi para acortar las etapas. A partir de ese momento ya vemos tantos peregrinos en el camino que con Enrique vamos hablando de lo que será esto en agosto, cuando tanta gente que está de vacaciones decide hacer el Camino.

A eso de las 9:20 empieza la subida empinada.. Hoy nos toca la subida a O Cebreiro, que está ya en Galicia. Vamos con el entusiasmo de llegar a este pueblito emblemático de casa de piedra y techos de quincha, o techos de piedra laja, con su historia y su magia, pero también vamos un poco asustados por la subida que nos toca. Los cuentos sobre las dificultades siempre preceden la acción y uno se va haciendo películas en la cabeza.

 La subida fue trabajosa pero disfrutable. Hubo secciones de calle, secciones de bosque frondoso y camino de piedras muy empinado, pero en cierto momento salimos al descampado y seguimos subiendo, y el espectáculo hacia abajo se hacía más y más impresionante. Verdes nuevos, diferentes a los que habíamos visto antes. Campos prolijamente cultivados, pinos, abetos, bosques....una gran sensación de profunda frescura, las nubes contribuían a enriquecer los verdes. Con la altura los pueblitos de techos grises se hacían cada vez más pequeños, siempre prolijos y coquetos desde arriba. Nos cruzamos con vacas rubias y enormes que nos miraban, así, con cara de vaca.

12:30 llegamos arriba a O Cebreiro. Galicia nos recibió como debía ser: niebla total. O Cebreiro estaba lleno de gente, ómnibus, grupos de escolares, música celta para turistas, tiendas de venta de recuerdos. Después de caminar tanto, al parar a mirar nos dimos cuenta de que hacia mucho frío (recuerdan? Yo perdí mi abrigo y nunca me compré otro). Nos metimos en un bar y pedimos un buen caldo gallego (tanta gente ya nos lo había recomendado) y una tortilla de patatas. La mujer se fue a la cocina a cocinar mismo. Hubo que esperar, pero cuando ella volvió  con los platos de comida recién reparada nos sentimos totalmente agasajados,

En O Cebreiro nos encontramos con Peter y Helena. Los habíamos perdido hacia horas. Salimos del pueblo juntos y el camino rápidamente se metió en un bosque. Casi en seguida, Peter y Enrique nos dejaron atrás a Helena y a mí, que conversábamos amenamente cuando, en un momento, sentimos que alguien caminaba detrás de nosotros. Nos dimos vuelta y....grito: Miguel!!!!!!!!! Enriqueeeeeee, Peeeeeterrrrrrr..... Vengannnnnnnnnnn!!!!!

Miguel es nuestro amigo español que caminó con nosotros hasta Logroño, pero luego tuvo que volver a su casa. Todos nos encariñamos mucho con él y a todos nos dio mucha pena que nos dejara. Él dijo que iba a intentar volver más adelante para terminar el Camino con nosotros. Ayer nos envió un Whatsup diciendo que estaba en Burgos (demasiado lejos de nosotros). Casualmente, hoy mientras Enrique y yo comíamos el caldo gallego en O Cebreiro, yo le escribí un mensaje a Miguel : "estamos en O Cebreiro. Nos encantaría verte". Y bueno, ¡vino!  Todos felices hoy. Miguel va a caminar hasta Santiago con nosotros.

Alto do Poio se llama el lugar al que subimos y donde pasaremos la noche. Está más que complicado encontrar albergue de aquí en más. A medida que nos acercamos a Santiago más y más españoles se suman al camino y los albergues se llenan rápidamente. Así que anoche, buscando dónde quedarnos hoy, tuvimos que ir llamando a pueblos sucesivos hasta que encontramos uno aquí. Esto es campo campo en la montaña. Piensen gallinas por todos lados, caminado entre tus pies, vacas que te pasan por adelante, gallo que no para de cantar, perros gigantes durmiendo por los pisos. Es una cantina con cuartos con cuchetas; muchas cuchetas y poco baño.  Creo que en este momento habemos más de 20 personas en el cuarto. Nuestra primera reacción al llegar aquí fue de, bueno, algo diferente. Claro, recuerden que hace un par de días estábamos en el albergue ese, cinco estrellas. Esto está muy bueno también.

Les cuento. Cantina en Galicia. O sea, ...el cantinero habla y Enrique y yo nos miramos. Hace tanto años que no escuchábamos a nadie hablar así. Nos sentimos en casa. A la hora de la cena entramos a la cantina. Gran mesa y el cantinero solito encargándose de todo. Nos sirve una comida de rechupete que incluye un riquísimo plato de pasta y luego carne estofada con papas IM PRE SIO NAN TE. Nos sirve vino, agua y pan a todos, postre, y después dice "chupitos para todos, yo invito". El ambiente a esta altura es familiar y cálido, y mientras todos conversamos, el hombre se mete en la cocina y empieza a lavar los platos , un millón de platos. Nosotros nos levantamos medio que a ayudarle, porque nos sentíamos mal de que tuviera que hacer todo él, pero él estaba en la mejor disposición, contento con la vida. Ordenamos las mesas y nos volvemos a sentar. En la tele están pasando la inauguración de la Copa de fútbol de Europa.  Se está muy bien aquí.

Mañana es otro día. Nos levantamos a las 6:00, nos preparamos los pies (mucha venda y curitas), agarramos las mochilas y...a caminar. Por ahora, a dormir. Les cuento que en este preciso momento no hay nadie roncando, lo que es como un milagro.

miércoles, 8 de junio de 2016

Día 21. El Acebo - Ponferrada - Camponaraya

La noche en el "hotel 5 estrellas", el "Sheraton" de los albergues, nos permitió recuperar fuerzas. Comimos allí la cena y también el desayuno a la mañana. El comedor era una gran sala con ventanales y vistas de las montañas, y todos nos sentamos en largas mesas y fuimos servidos por mozas uniformadas y muy formales. Tengo que reconocer que este capítulo, este descanso, fue el menos "Camino" de todos. Estuvo como despegado de lo que hasta ahora fue la experiencia de peregrino. Pero fue totalmente necesario y bienvenido.

Después de lo duro de la bajada hacia El Acebo, Enrique y yo nos negamos a volver al sendero. Hoy nos tocaba seguir bajando y sabíamos que las dificultades no serían menores que las que tuvimos ayer. Nuestros pies todavía estaban sintiendo los efectos, así que decidimos bajar por la carretera. Esto seguramente significaría un poquito más de distancia (la carretera baja por las montañas dando unas grandes curvas), pero saliendo bien  temprano en la mañana no tendríamos tráfico del cual preocuparnos.

La mañana estaba fresca y silenciosa. Había mucha bruma que de a poco se levantaba y podíamos ver a lo lejos pequeños pueblos metidos en los valles entre las montañas. Estábamos bastante alto todavía, así que la carretera empezó a bajar y bajar, a doblar y doblar. Pasamos por Riegos de Ambrós y sus casas silenciosas.

Riegos de Ambrós


Estuvimos solos por la carretera. Se sentía agua correr bajando la montaña, pero había mucho bosque y no podíamos distinguir dónde estaban las cascadas. La caminata fue un placer. En algún momento nos encontramos con Sam, que también había decidido cuidar sus pies por el día de hoy. y seguimos juntos conversando. Fuera de nuestras voces solo se oían pájaros. A diferencia de otras mañanas, ni un gallo escuchamos esta mañana. El aire embriaga en la montaña, amigos. La felicidad es tan plena que uno quiere metérsela en el bolsillo para nunca perderla. Yo pensé mucho en mi madre, hoy. Pienso mucho en ella todos los días en este Camino. Sé que ella habría estado muy felíz de saber que estamos teniendo esta experiencia, y sé que a ella le hubiera encantado hacerla también. De hecho, ella está caminando con nosotros. Fue de mi madre que aprendí a disfrutar de la naturaleza, a ser feliz oliendo los aromas y escuchando el silencio y los pájaros. Me cuesta creer que toda esta experiencia tan fuerte que nosotros estamos teniendo, ella no la sienta, esté donde esté.

Bajando desde El Acebo rumbo a Molinaseca


Bajamos y bajamos unos 8 km hasta llegar a Molinaseca y su Puente de Peregrinos, donde paramos a sacar fotos y a admirar el paisaje. Sam estaba tan encantado con este pueblito que filmó un video en el que le decía a su mujer "creo que encontré el lugar al que nos vamos a retirar de viejitos". Como siempre hacemos, en Molinaseca buscamos un café y paramos a descansar un poco y a disfrutar del aire sentados en las sillas que siempre hay sobre la calle. Hablamos sobre cuánto podería costar comprar un piso en este pueblo, sobre lo que será la vida en un lugar tan tranquilo como este.





Molinaseca

La caminata siguió luego. Hoy caminamos 25 Km y nuestro destino era Camponaraya. Pero antes teníamos que pasar por Ponferrada, donde visitaríamos el Castillo de los Templarios.

Ponferrada es una ciudad más grande (69.000 h.). En estas ciudades se hace más larga la entrada y la salida, hay tráfico y siempre muchas atracciones. Pero también tengo que decirles que el camino no deja de estar bien señalizado porque uno esté en una ciudad. En todos lados está la flecha amarilla, o la concha en las paredes, veredas, muros. Es tan fácil saber hacia dónde ir. Es una de las mejores cosas que tiene este Camino Francés. Uno no tiene que preocuparse de planificar rutas: simplemente hay que acostumbrarse a buscar la flecha a cada paso. Nada más. Así de simple.



Castillo de los Templarios en Ponferrada:





En frente del Castillo vimos una panadería/confitería que nos llamaba con sus anuncios tentadores de delicias que no podíamos resistir. Así que después de pasar más de una hora visitando el castillo, nuestros estómagos nos avisaron que ya había pasado el mediodía. ¡A comer! Entramos al local, que estaba fresco y tranquilo, y nos pedimos unos bocadillos y coca cola. Eramos Sam, Helena, Enrique y yo. Por la puerta abierta vimos a Peter, que había venido en ómnibus, ya que su pie seguía muy dolorido. Se sentó a comer con nosotros, y al rato también vimos al español de Tenerife. A este hombre lo conocimos hace unos días. Empezó con mucho ímpetu a caminar en Astorga. Cuando lo conocimos nos contó cuán experiente él es en hacer senderismo de montaña. Nos mostró fotos de las excursiones que él hace en su isla, donde hay tantas diferencias de altura y nos explicó con mucha autoridad cómo es que nosotros no tenemos nada de experiencia porque vivimos en un lugar sin montañas. Bla...bla...bla....bla... pero la verdad es que cuando llegamos a Molinaseca lo vimos rengueando y muy dolorido, pobre señor. La cuestión es que nos lo encontramos en esta confitería y nos dijo que venía del hospital de Ponferrada, donde justo hoy había un médico que atendía a los peregrinos en forma gratuita. Este médico le dijo que tiene que cuidarse y que mejor no camine por un par de días. De paso, mientras él nos contaba esto, se nos ocurrió que era el momento perfecto para que Peter se hiciera ver por el doctor, así que rengueando él también, se fue a verlo. No lo vimos más en esa ciudad. Nosotros teníamos que seguir caminando.

Ya eran como las dos de la tarde y hacía mucho calor. El señor español se fue a buscar un lugar en donde descansar , nosotros agarramos las mochilas y buscamos la flecha amarilla para salir de Ponferrada.

Más Ponferrada:


martes, 7 de junio de 2016

Día 20. Las montañas y El Acebo

 7 de junio. Caminando hacia El Acebo. 🌄🚶☕️🚶🍔🚶🍺🚶🌅

 Hoy la caminata fue  en su mayoría un verdadero placer. Salimos del pequeñito pueblo de Santa Catalina de Somoza antes de las 7 de la mañana con mucha energía. Estos días me estoy sintiendo muy bien y la caminata es casi como un paseo. Hemos dejado atrás la meseta. Ya cada vez hay más verde, más árboles, arbustos, la flora es más densa. Las montañas que hace unos días se percibían a lo lejos, algunas con picos que parecen estar nevados, ahora están aquí. Hoy subimos y subimos.

Seguimos con nuestras rutinas. Si bien tomamos un desayuno de café con leche y napolitana (croissant de chocolate) en el albergue en el que dormimos, todos caminamos con la ilusión de llegar al primer pueblito, en el que descansaremos sentados en las sillas y mesas de afuera, y tomaremos nuestro segundo desayuno. Estos pequeños cafés siempre nos sorprenden por sus ambientes acogedores, su buena música, sus baños limpios. La mayoría de ellos  dan ganas de quedarse allí toda la mañana al sol.

Las primeras horas de la mañana siguen siendo las mejores para caminar. Ya no necesitamos abrigos al salir. Esta mañana tuve una nueva compañera de caminata, Yong, una italiana de Vietnam. Ya la habíamos visto en un par de ocasiones y a mí me había sorprendido lo bien que habla inglés. Resultó ser una muchacha muy simpática y la mañana pasó volando con nuestra charla en la que nos contamos nuestras vidas, mientras Enrique aprovechaba la oportunidad para caminar a su propio paso y así dejarnos bastante atrás. Este Camino es como un larguísimo consultorio de terapia. Uno se encuentra con seres que nunca antes vio y a las dos horas ya se ha contado intimidades como sí uno se conociera desde hace años. Pasamos por El Ganso y en Rabanal del Camino  luz de la mañana se veía tan linda que paramos a tomar unas fotos.


Hoy nos tocaba la subida a la Cruz de Ferro, que está un poco antes del punto más alto del Camino. La subida fue un placer por los paisajes montañosos que nos iban rodeando. Por fin una subida con cielo azul y buena vista para disfrutar. Estábamos embelesados. Como en la vida, el Camino estaba bastante lleno de piedras, pero para compensar las dificultades estaban las flores con sus perfumes y sus colores amarillos, rosados y violetas, la brisa fresca, y la buena gente con su conversación, o los momentos de silencio concentrado.









La Cruz de Ferro nos sorprendió por ser mucho más pequeña de lo que nos esperábamos. Si bien la habíamos visto por fotos muchas veces, creo que en nuestra mente la habíamos esperado más monumental. El lugar, sin embargo, tiene mucha fuerza.  Está formada por un poste de madera de unos cinco metros de alto coronado por una pequeña cruz de hierro. DIcen que esta no es la cruz original, que la original se encuentra en el Museo del Camino. Como sea, en su base, con el paso de los años, se ha ido formando un montículo, y hoy por hoy este es bastante alto. Una leyenda cuenta que cuando se construyó la Catedral de Santiago de Compostela se les pidió a los peregrinos que contribuyeran trayendo una piedra. En todo caso, la tradición  hace que cada peregrino traiga de su casa una pequeña piedra y la deje ahí, como si en ese acto uno dejara una de las cargas de su vida. Se dice que al descargarse de sus problemas, uno podrá terminar bien el camino.
 El lugar tiene su fuerza, y pasamos un rato ahí sacando fotos, disfrutando, meditando.






El camino después de la Cruz de Ferro siguió en subida apacible de vistas amplias, verdes y bucólicas. No se sintió demasiado la subida hasta los 1.515m. Pasamos por Manjarín, uno de los lugares más curiosos del Camino, hogar de Tomás, el último templario sobreviviente, que tiene un albergue muy básico y pintoresco en la única casa habitada del pueblo. Es una casa que no tiene ni agua ni electricidad. A pesar de eso, cuando pasamos por allí pudimos escuchar canto gregoriano que salía de alguna parte. 
Afuera de la casa se ven letreros que indican las distancias entre este lugar y ciudades de todo el mundo.






 La placentera sensación de paseo de la tarde  llegó rápidamente a su fin ni bien empezó la bajada hacia El Acebo, destino de nuestra etapa de hoy. Desde arriba la vista era espléndida, pero nuestro libro indica esta bajada con un signo de exclamación.



A lo lejos, El Acebo


 Ja, el libro debería poner tres o cuatro de estos signos (!!!). ¿Por qué nos tenían que arruinar tan buenísimo día con una tortura similar? Claro, bajar desde los 1500 metros puede ser empinado, eso lo entiendo. Pero por qué hay que ponerle a una bajada totalmente empinada, en la que tus recientemente recuperados y tiernos pies ya tienen que poner bastante esfuerzo, una cantidad tan brutal de piedras y piedritas para hacerlo aún más difícil? Les digo, en ese momento se acabo el placer, se me fue la paciencia y recuperé mi vocabulario más vulgar. Unos cinco kilómetros de tortura y mal humor no disimulado. Otra vez a probar diferentes pasos, posiciones...caminar de costado para que los dedos del pie no se estrujen contra los zapatos, caminar marcha atrás para que la presión vaya contra el talón... fui probando de todo.  Pero todo mal tiene su fin, así que finalmente llegamos a El Acebo, otro pueblo pequeñito con casas muy viejas y pintorescas de piedra. 





El albergue en el que habíamos reservado estaba al final del pueblo, y como este es en bajada,seguimos sufriendo un poco más. Se acabó el pueblo y aún no lo veíamos. ¿Dónde estaba? Y de pronto....salió el sol y volvió la alegría. 




Un oasis! Un maravilloso parador, moderno, como de otro mundo, enorme, como un hotel cinco estrellas con terrazas y bares con música fantástica, restaurante, piscina, muchos niveles....ni idea de donde salió esto, pero este albergue es como si el Sheraton hubiera construido algo de buen gusto en las montañas para el público más selecto, sólo que a precio de albergue. Alguien con mucho dinero y buen corazón ha decidido premiar a los peregrinos que sufren la bajada desde la Cruz de Ferro con este lugar de ensueño, en el que pasamos toda la tarde disfrutando de piscina, vistas, sangría, buena compañía y pies en alto. Gracias, señor alguien.


Fotos de nuestro oasis:






Videos de hoy: 




Dia 25:

Con pena, nos vamos de aqui

sábado, 4 de junio de 2016

Día 18. León


Son las 4:00 de la mañana en el albergue Benedictinas Carbajalas de León. 149 peregrinos y unos cuantos voluntarios duermen a pata suelta adentro del edificio de dos pisos, y yo, la número 150, me vine al patio de afuera con mi bolso de dormir a respirar aire fresco y mirar las estrellas. El cuarto en el que se ubica mi cucheta tiene una ventana que da a una plaza llena de fiesta incluso a esta hora. En el patio, enorme, interior, sólo se escucha el sonido del motor de la enorme máquina de café. Para no dormir, prefiero hacerlo aquí.

En este gran albergue hombres hombres y mujeres duermen por separado, a menos que estén casados, como nosotros. En este caso nos ha tocado dormir en el piso de los hombres, en el área del fondo, que es igual, pero mixta. No entiendo muy bien cómo es la cosa, porque en verdad, de las 10 camas de nuestro rincón, sólo tres están ocupadas por mujeres. A las mujeres de este piso nos han avisado que para usar el baño debemos salir del edificio, bajar las escaleras y entrar al piso de las mujeres. Así es que me di cuenta de lo lindo que se está afuera. Tuve que caminar entre filas de hombres roncando, salir, bajar, entrar, y caminar entre filas de mujeres roncando para llegar al baño. 

El albergue está en el centro de León, buenísima ubicación para salir a dar una vuelta y respirar el aire de fiesta que está ciudad tenía hoy. Supongo que el hecho de que fuera sábado contribuyó a esa algarabía general. Muchos bares y gente de tapas, afuera, disfrutando del calorcito. Vimos varias despedidas de solteros en las que todos los chicos llevan camisetas iguales con una foto y el nombre del novio, otras despedidas de chicas, donde también todas estaban vestidas iguales. Gente y más gente, ferias de frutas y verduras, de ropa, todo amontonado en calles angostas mezclado con las sillas y mesas de los cafés, y autos intentando pasar por donde no es posible pasar. Nadie se molestaba, todo el mundo parecía de buen humor. Enrique y yo nos perdimos al volver del paseo. Las callejuelas son una laberinto. No siquiera el mapa que me dieron en un hotel en el que entré a pedir ayuda nos sirvió. 

Durante la tarde y nochecita, el patio del albergue se transformó en centro de curaciones y centro de despedidas. Lo de las curaciones es una rutina diaria de todos los peregrinos. Acá coincidió que muchos decidieron salir al aire a tratarse los pies. Todos con gasas, iodofón, curitas, esparadrapo... Casi cómico si no fuera que ya es una escena normal. Lo de las despedidas se debe a que la ciudad de León es uno de los puntos en que muchos abandonan o simplemente terminan su camino. Como ya mencioné antes, muchas personas hacen el Camino en etapas. Cada vez que el tiempo se lo permite, ellos vienen a cumplir cierta distancia. Hoy, por ejemplo, nos despedimos de Julia, una italiana que caminó desde St. Jean con su papá. Nos la hemos estado cruzando cada día, y siempre hablábamos un poco con ella. Su papá continúa el camino, pero ella tiene que volver a casa. También se queda aquí Neves, una argentina que vive en Costa Rica, quién ya ha hecho antes el trayecto León-Santiago de Compostela. En el día de hoy, ella ha completado todo el Camino.  


Creo que me toca volver a la fila de ronquidos e intentar dormir. Hoy nos toca la caminata de salida de León. Queremos llegar hasta Hospital de Órbigo, ya que leímos que allí hay un festival medieval este fin de semana. Es un trecho largo, más de 30 km. Ya les contaré.

jueves, 2 de junio de 2016

Dïa 15. Debussy y los perfumes

Debussy y los perfumes 🌄🚶☕️🚶🍔🚶🍺🚶🌅

Hoy fue una etapa de meseta. Nos despertamos temprano en el Monasterio de Santa Clara en Carrión de los Condes.








 Sabiendo que la etapa de hoy iba a ser un poco larga y complicada. Los primeros 17 km eran rectos y al sol, sin pueblos, fuentes, baños, descansos en el camino. La segunda parte, después del pueblo de Calzadilla de la Cuesta. Sería también al sol, pero ya con más árboles y junto a la carretera. Esta característica del camino se repite por varios días y es la causa por la cual algunas personas prefieren no hacer la meseta. A algunos les resulta un poco aburrido. 


Enrique, Helena y yo salimos a buscar un café abierto antes de empezar a caminar. Como siempre, tomamos nuestro desayuno de café con leche, tostadas y jugo de naranja. De ahí pasamos por la panadería a comprar un pan flauta. Ya íbamos preparado con agua, queso y fiambre para sobrevivir si el camino largo lo exigía. Ya listos, partimos. Siempre las primeras horas de la mañana son las más agradables. Hace bastante fresco-frío, el aire está limpio, los pájaros cantan, el cucú nos vuelve a asombrar y todos tenemos bastante energía. Yo decidí caminar de sandalias y medias. Las ampollas me habían incomodado toda la noche y no quise arriesgarme a penar demasiado. Por lo demás, íbamos contentos.


Cuando las ampollas molestan, las sandalias son las mejores compañeras.

Por el camino nos empezaron a pasar muchos bicigrinos. Los hay demasiados. La mayoría de ellos no tienen mucha consideración por los peregrinos y no anuncian su llegada, por lo cual cada vez nos asustamos y estamos a punto de perder el equilibrio con nuestras mochilas. .....

NUESTRAS MOCHILAS. Tengo que contarles que Enrique y yo seguimos siendo fieles peregrinos. Me refiero a que seguimos caminando fielmente cargando con el peso que nos toca, de la vida y de la mochila. Muchos, cada vez más peregrinos, están optando por alivianarse un poco el dolor contratando una empresa que les lleva la mochila desde el albergue hasta el próximo destino. Entonces vemos gente que nos pasa cantando, a paso liviano, sonriendo...mientras nosotros seguimos tratando de mantenernos rectos y nuestros pies aguantando el peso. Ya nos hemos planteado la posibilidad de usar este servicio, pero preferimos reservarnos para cuando las papas pelen de verdad.

A medida que fueron pasando las horas, el sol subiendo, los pies sufriendo y el calor picando, la caminata de hoy se fue haciendo más y más difícil. Conocimos a una francesa que empezó a caminar en Burgos, que hace el Camino para curarse de mal de amores ya que su esposo la dejó. Conversamos con ella un buen rato, hasta que yo dije me tengo que poner a escuchar música porque esto está duro. Chicos, les cuento que fue ponerme a escuchar a Chopin y sus Nocturnos y se hizo la magia: instantáneamente se me pasó la agitación, me bajó el pulso y el paisaje se transformó en pura emoción. Nunca hubiera relacionado a estas piezas con la meseta española. Al contrario, son piezas que siempre he escuchado de noche. Y quizás por esa misma razón es que me sentí más fresca, como que aumentó la brisa, y tranquila como si estuviera escuchando está música en la más tranquila de las situaciones. Chopin me salvó la mañana.






Paramos en Calzadilla de la Cueza a tomar algo fresco y sacarnos zapatos y medias por un rato. Después, a eso de 12:30, a seguir. Nos quedaban unas dos horas y media de caminata. Esta caminata me la salvaron las retamas. Sí, el camino hasta ....... Va junto a la carretera y está bordeado de enormes retamas florecidas que embriagan el aire a más no poder. Tuve la sensación permanente de estar en el fondo de mi casa de Uspallata en un verano de mi infancia. Gracias, retamas.

Hoy hemos llegado a la mitad del camino.
Este lugar marca oficialmente la mitad del Camino desde Roncesvalles. Nosotros empezamos en Francia, así que nuestra mitad del Camino ya había pasado.


 Estamos orgullosos de lo que estamos haciendo y de cuánto hemos logrado. El 99% de las personas que empezaron a caminar el mismo día que nosotros, y muchos de los que empezaron días después,  sufren los efectos físicos de las caminatas. Unos cuantos han tenido que parar a descansar por uno o dos días, o han tenido que tomarse un bus o taxi de un pueblo a otro porque no estaban en condiciones de seguir. El tema de ¿cómo te sentís hoy? es el tema de conversación principal entre los peregrinos. Los ouch, ay, uy, fsss....se escuchan sin parar. Los farmacéuticos de los pueblos se transforman en magos que nos venden pociones mágicas que "seguro te van a curar las ampollas de hoy para mañana". Nosotros queremos creernos todo. Cada uno de nosotros va con su peso, como en la vida. Paramos para intentar ayudar al prójimo con un ibuprofeno, una venda, una curita, pero seguimos adelante cargando con nuestros propios problemas. 


Estamos cansados, doloridos, emocionados y agradecidos. Ayer, en Carrión de los Condes vivimos un momento especial durante la Misa de Peregrinos que presenciamos en la Iglesia de Santa María del Camino. Peregrinos de un montón de países, con su variedad de idiomas y diferentes creencias y religiones confluimos en este servicio cálido y casi ecuménico. Tres monjas jóvenes cantaban y tocaban la guitarra, y una de ellas le habló a la congragación de una manera que a mí me emocionó mucho. Habló sobre el Camino haciendo un paralelismo entre este y la vida misma. Nos llamó la atención a cómo estamos caminando sin poder ver nuestro destino, contentos a veces, pero doloridos y desanimados en tantos momentos. Cómo pasamos por etapas en las que queremos abandonarlo todo, o estamos aburridos, o enojados. Pero la vida sigue, el Camino sigue, y en él nos encontramos experiencias inesperadas, gente nueva. En el Camino, como en la vida, están los que caminan a nuestro lado y se acercan a hablarnos, a ayudarnos, a darnos una aspirina... y así lo difícil se hace menos difícil y vamos avanzando juntos. Las palabras de esta joven muchacha, la música y la compañía fueron para mí muy importantes en ese momento, como para muchos otros fue la comunión y la experiencia religiosa en sí.