Barroselas es un pueblito de 3.500 habitantes al SE de Viana do Castelo, en Portugal. Lo elegimos por casualidad, buscando en internet un lugar-sede desde donde poder salir cada día a investigar un poco la zona. No sabíamos nada del lugar ni de sus alrededores. Nos dio curiosidad la oferta de una gran casa para nosotros solos en un país extranjero, por un precio más que accesible. Vamos a ver qué tal es, y si no es lo que esperamos, bueno, paciencia.
Hace cinco días que estamos en esta casa en Barroselas y creo que no me quiero ir. He vuelto a tener sensaciones de infancia y primera adolescencia, de mi casa en Uspallata, de la vida sencilla, sana, perfumada, aireada, de casa de familia con historia. Cómo explicarles...

La casa se anunciaba en internet como "la casa del pintor". Joao, nieto del "pintor", alquila la casa que fue de su abuelo, una gran villa rodeada de verde en el medio del pueblo. Para entrar a la casa con el auto hay que pasar un enorme portón de hierro verde. Un grueso muro separa la calle del jardín, y para entrar en la casa hay que subir una larga escalera de piedra. Les cuento que ya esa entrada al jardín fue desde el primer momento para mí como una entrada a mi pasado. Todas las plantas aquí son las mismas que en Montevideo, las que hace tantísimos años que no puedo disfrutar. Hay flores pajarito, hortensias, santa rita, jasmines y otras cuyo nombre ya no recuerdo, un gomero, un laurel de jardín grande y un níspero. El aire de aquí también me hace sentir en el pasado; cielo celeste, aire fresco y limpio, nada de la humedad pegajosa del verano en Mississippi. Uno puede abrir las ventanas y sentir la brisa perfumada circulando por los cuartos. Las puertas se golpean por el aire, igual que pasaba siempre en la casa de mi niñez.
Esta casa es una casa de otros tiempos: los muebles grandes, los aparadores en la sala con sus juegos de copas, cuidados juegos de platos antiguos; en el dormitorio, un gran ropero de tres cuerpos con un espejo enorme, una cómoda de aquellas que tenían nuestras abuelas, llenas de cajones profundos, un dressoir con su banquito para sentarse frente al espejo a ponerse linda. Las sábanas de la cama blanquísimas y bordadas, las almohadas igual...todo impecable.
El cuidado de los dueños de esta casa para que los inquilinos la pasen cómodamente nos sorprendió. Había de todo y todo estaba limpio, muy limpio. La cocina tenía un horno antiguo, de esos a los que se le agregaba la leña, y otro horno moderno había muchas ollas con tapas, de todos los tamaños, pesadas, lustradas, cuidadas, ollas de otros tiempos. El "pintor" (recuerden que la casa se ofrecía como "la casa del pintor") era el abuelo de João, y sí rincón favorito era seguramente u área de la casa que permaneció cerrada, no por privacidad, sino por mantener nuestra área más fresca. En esa gran sala, que era como un patio cerrado con ventanales hacia tres de los lados de la casa, estaban los libros, las pinturas, los caballetes y pinceles, las vistas de los cerros, el verde del paisaje que entraba por la ventana. Sin duda aquí era donde el abuelo se inspiraba para su obra.
Debajo de la casa está el garaje, enorme área multitud o en la que hay herramientas, lavarropa, cuerda para tender ropa, muebles viejos, juegos de loza viejos y ainda mais. Hay una puerta pequeña que da al fondo, por la que cada mañana entra sigilosamente un señor, el tío de João, que viene a trabajar e la quinta del fondo. Desde la cocina de la casa puedo abrir la alta puerta y acceder a ese fondo bajando por la escalera de piedra. Desde esa puerta veo las copas de los árboles de nísperos (y otros que no reconozco), y entre los árboles aparece las hileras de vegetales cultivados. En mi ignorancia, no tengo idea de qué es lo que el señor ha plantado, sólo reconozco las cebollas. No necesito abrir la puerta para enterarme de que allí también hay gallinas y un gallo. Están todo el día co co co co. No hemos pisado el fondo ni conocido al tío porque sabemos que esa sí es un área privada, pero me hubiera gustado hablar con este señor para que me mostrarse todo el trabajo que hace.
En estos días que estuvimos aquí fuimos varias veces a Viana do Castelo, que queda a unos quince minutos en auto por caminos sinuosos y estrechos y pueblos sin veredas por los cuales los autos circulan sin miedo a grandes velocidades. Viana de Castelo (88.000 h) es una ciudad preciosa con un centro medieval de calles angostísimas, con plazas rococó y con bulevares tipo siglo 19. Está sobre el estuario del río Lima, que desemboca en el Atlántico. Cerros rodean la ciudad, por lo que hay calles en todos los niveles y las vistas son hermosas.
Que fácil nos ha resultado ahora subir y bajar estas calles en auto. No dejamos de comparar esta experiencia con las subidas y bajadas de hace unos días ene le Camino. A muy poca distancia del centro de la ciudad están las playas sobre el Atlántico, tan azules/verdes, amplias, limpias, de arenas bien blancas, solitarias. Visitamos una playa diferente cada día y caminamos por horas cruzando nos apenas con un puñado de personas. Las gaviotas, el olor a sal, la brisa, el cielo interminable: bienvenidos a mi paisaje y sitio ideal. Todavía estoy pensando en cómo llevarme todo esto conmigo a Oxford.
Esta casa y lugar nos han permitido recuperar fuerzas después del largo Camino. Leímos, miramos television, escribimos, conversamos con Martina y con Maia por FaceTime...de a poco nuestra cabeza va aterrizando, aunque todavía nos resistimos a pensar en practicidades de la vida que nos espera a la vuelta.


