miércoles, 10 de agosto de 2016

Personajes de nuestro Camino de Santiago I

Ya de vueta en casa los días pasan a gran velocidad y me empiezo a preocupar por no haber documentado un montón de detalles que quiero recordar. Sufro de una terrible memoria y sé positivamente que si no escribo lo que todavía me aparece en sueños, en poco tiempo me voy a olvidar de tantas cosas que creí imposibles de borrar de mi mente. Entonces, aquí estoy nuevamente. Como escribí en mi primer entrada en este blog, fueron los muchos detalles que leí durante años en los blogs de peregrinos, los que fueron creando dentro de mí la imagen de lo que el Camino iba a ser el día que yo lo viviera. Por eso vuelvo con detalles. Creo que todo va a ser un poco desordenado, porque mi mente lo es. Pero bueno, aquí va. Creo que me llevará varias entradas el reconstruir lo que queda.

PERSONAJES DEL CAMINO

El hombre de la Nikon.

Hacia el tercer o cuarto día de nuestro camino, recuerdo un día, depsués del almuerzo, que caminábamos al sol bajando por una colina, en dirección a Ventosa, si no me equivoco. Hacía bastante calor  y Enrique y yo estábamos empezando a sentir el cansancio "de las dos de la tarde", ese que en los siguientes días siempre reconoceríamos cuando faltaba el útlimo tramo para llegar al destino del día, Como decía, bajábamos por la colina y admirábamos el paisaje. Enfrente de nosotros caminaba un grupo de peregrinos que iba conversando y, muy cerca de ellos, un hombre que parecía ser parte de ese grupo, pero que no llevaba mochila. A mí no me llamó mucho la atención, pero Enrique dijo "ese no es peregrino". ¿Por qué no?, pregunté. -Está caminando con ese grupo-. "No", dijo Enrique. "mirá, no lleva mochila, está de ropa muy limpia, como recién bañado, peinado, está de camisa....no es peregrino". Lo vimos desviarse un poco para tomar unas fotos de una pequeña iglesia por la que pasamos y después no lo vimos más. Nos olvidamos de él.

Uno o dos días después, nos encontrábamos caminando por el medio de campos solitarios, verdes y llenos de flores y perfumes, en los que lo único que oíamos era el canto de los pájaros y el sumbido de algún que otro insecto (¡qué pocos insectos vimos en España!). El camino era angosto, con lugar para una persona a la vez, y estaba bordeado por arbustos altos. Las flores literalmente nos rodeaban.
En eso, vemos a una persona que vene caminando en sentido contrario al nuestro. Ey....parece que hay gente que hace el camino al revés.... Cuando esta persona se acerca lo suficiente, vemos a un hombre de aspecto muy prolijo, con sus pantalones cortos, su camisa, su peinado, su bronceado y....su cámara fotográfica. "¡El del otro día!", dice Enrique. El homre nos cruzó y saludó amablemente con un "Buen Camino". Ta, ya tuvimos tema de conversación por un rato, calculando quién sería este hombre. "Seguro que él está haciendo el camino en auto, y para en cada pueblo para tomar fotos y decir que lo está haciendo a pie"; "seguro que tiene un pasaporte de peregrino y lo hace sellar en cada pueblo para después conseguir la Compostela oficial en Santiago". Nos reímos, nos burlamos, y sin darnos cuenta, rápidamente llegamos al próximo pueblo, que era nuestro destino de ese día.

Como ya les conté en otra ocación, nuestras mañanas enpezaban muy temprano. Generalmente nos despertábamos a eso de las 6:00. Siempre había algún peregrino en el cuarto que programaba el despertador en su teléfono. Si bien siempre se hacía con respeto usando el sonido más bajo, los que estábamos en camas próximas nos despertábamos. De a poco, en total oscuridad, nos íbamos levantando. Unos usaban sus linternas de cabeza, esas que se usan como tiaras con la luz amarrada a la frente, y otros usábamos la luz del celular. Había que enrollar el bolso de dormir, juntar las pocas cosas que quedaban por ahí, y  meter todo en la mochila. Por suerte nunca nos tocó una cola larga para usar el baño, ya que tanto Enrique como yo íbamos bien temprano, antes de que los demás se levantaran. Después de cerrar la mochila había que ir a buscar los zapatos, que estaban siempre 
afuera del dormitorio y a la entrada del albergue. Algunos de nosotros usábamos ese momento para preparar nuestros pies para la caminata: cubrir ampollas, poner cinta sobre lugares propensos a generar nuevas ampollas y aplicar vaselina en los pies para evitar roces. Ahora sí estábamos listos para un nuevo día. Y ya teníamos hambre. 

La mayoría de los albergues no tenía oferta de desayuno. Muchos tenían máquinas que dispensaban café automáticamente. La idea de comrarme un café para el desayuno de una máquina como si fuera un refresco me produjo un gran asco al principio. Se me ocurría que el café de esas máquinas debía ser viejo y me lo imaginaba con hongos o cosas así. Sin embargo, ya al tercer día vi a la hospitalera entrar durante la tarde a preparar la máquina. Trajo un gran paquete de café fresco y perfumado en granos y lo colocó en el compartimento dentro del aparato. Ahí me di cuenta que cuando uno después selecciona el tipo de café que quiere tomar, la máquina muele los granos y prepara el café. Debo decir que el resultado es uno vasito mínimo de café, que puede ser expreso, con leche, con azúcar, sin azúcar...etc. Aún así, pagar para desayunar de esa manera no era nuestra forma ideal de empezar el día, de modo que la mayoría de las veces optábamos por salir del albergue sin tomar nada y esperábamos con ilusión el primer café de la mañana en el próximo pueblo.

Todo este sobre el tema del desayuno viene a cuento, ya que a la mañana siguiente de cruzarnos con el hombre de la cámara fotográfica, lo volvimos a encontrar, pero esta vez sentado con su señora en el mismo café en el que nosotros estábamos desayunando con los argentinos de la Patagonia, Mary y Pablo, con Sam de Memphis y Marco el italiano.


Ja, en la foto aparecen Sam, Marco, Pablo...y el señor de la cámara no está. Vino un poco después, cuando Marco y Pablo se levantaron para irse,  y se sentó con su mujer en la misma mesa. Yo no lo reconocí, pero Enrique pasó junto a él, le tocó el hombro y me llamó. "mirá, Irene, la cámara". El señor sonrió, aunque en verdad no entendía nada. Le hablamos en inglés pero contestó en francés, así que asumimos que ellos eran franceses. Fue una conversación corta y confusa, pero creímos entender que sólo uno de ellos estaba haciendo el camino y el otro acompañaba. Al final llegó Peter el belga y se puso a hablar animadamente con ellos. Ahhhhh, son belgas! A través de Peter nos enteramos de que era la mujer la que caminaba, mientras él iba en el auto, se adelantaba al destino, conseguía un hotel y se dedicaba a sacar fotos. Juntos estaban escribiendo un blog y él se encargaba de la parte de fotografía.

Desde ese momento hasta el final del viaje siempre supimos cuando estábamos acercándonos al destino final del día porque unos kilómetros antes nos cruzábamos con "el de la cámara", que venía en sentido contrario, muy contento, muy prolijo, muy sonriente, sacando fotos y sin ampollas.Realmente lo vimos casi todos los días. Algunas veces hasta hablamos un poco con él. 
Lamentablemente nunca se nos ocurrió preguntarle su nombre o pedirle información de contacto, así que terminamos el Camino en Santiago y él, como tantos otros, pasaron a ser una anécdota más. 

Excepto que...

Una vez llegados a Santiago de Compostela, Enrique y yo buscamos el auto que habíamos alquilado, con el que viajaríamos por Galicia para visitar A Coruña, para ir a Muxía, Finisterre y la tierra de donde la familia Cotelo proviene. Así que, con tristeza, nos despedimos de nuestros amigos del Camino, buscamos el auto y viajamos a A Coruña, que nos encantó. En esta ciudad establecimos nuestro centro de operaciones, y desde allí slimos cada mañana rumbo a nuestros diferentes destinos. Llegamos a Santiago el jueves y a A Coruña el viernes. Creo que fue el sábado que decidimos dirigirnos a la costa atlántica, para llegar a Muxía, uno de los lugares donde el Camino de Santiago se encuntra con el océano. Pasamos por varios pueblitos marineros divinos en los que paramos, tomamos café, caminamos por la playa, tomamos fotos.




 FInalmente llegamos a Muxía. Descansamos un rato tendidos junto a la playa disfrutando del aire fresco, el cielo azul y las gaviotas. Almorzamos en uno de los restaurantes que se encuentran frente a la playa y después volvimos al auto para ir hasta el final del camino, donde está el santuario de la Virxe da Barca

                                      
                                         

No se imaginan la sorppresa que fue para nosotros cuando, manejando lentamente por una de las callecitas del pueblo vimos, caminando en dirección opuesta a nosotros...al señor de la Nikon y su mujer!!!! Paramos el coche y empezamos a hacerles señas desaforadamente. Claro, al principio ellos no tenían idea de quiénes éramos. Bajé la ventanilla y les grité "¿saben quiénes somos?"- Ahí nos reconocieron y se acercaron. La mujer había venido caminando hasta Muxía. Todos esos días que nosotros habíamos estado paseando por A Coruña, ella los había pasado caminando y él, en el coche, acompañándola  Muxía era su destino final y estaban celebrando. 

Y...no, no tenemos ninguna foto de este señor.  También me lamento de nunca haberle preguntado su nombre. Para siempre éste señor será "el hombre  de la Nikon" del Camino.